martes, 19 de mayo de 2015

Silencio

Ayer impartimos el segundo de una serie de talleres de sensibilización sobre la discapacidad. En estos talleres hacemos que los asistentes experimenten qué es tener una discapacidad y conozcan qué retos tienen que superar cada día.

En ese taller les preguntaba "en este momento, ¿sentís que sois menos profesionales por tener una discapacidad? ¿habéis olvidado cómo se hace vuestro trabajo? Las capacidades son las mismas solo que hay que adecuar el puesto con las herramientas que necesitéis." Por otro lado me dio por comentar que yo siempre aprendo algo nuevo cuando hago los talleres y que cuánto me gustaría vivir de nuevo una experiencia parecida...

Pues quiso el destino que al final del taller me quedara completamente afónica. Me llegó la voz hasta el final pero justo después mi garganta se quedó sin pilas. 

Muda. Bueno, más que muda susurrante. Y así permanezco desde entonces. El viaje de vuelta a casa en el tren me dio alguna pista sobre el porqué no podía emitir sonidos, seguramente habrán sido los aires acondicionados y los cambios de temperatura.

Como no me dolía nada y estaba en perfecto estado de salud, a excepción de no poder hablar, hoy fui a trabajar con mi mudez sobrevenida lo que creó situaciones de lo más curiosas.

Por defecto profesional, al no poder hablar intentaba utilizar las manos haciendo gestos para que me entendieran. No usaba los signos de la lengua de signos española sino que simplificaba mucho para que pudieran identificar el signo. Con algunas personas la comunicación con gestos fluía mejor, con otros tenía que acabar susurrando y algunos se exasperaban y alguno se burlaba del hecho de que no pudiera hablar.

En un momento dado tenía que hablar de un asunto con un compañero de otra oficina y, gracias a las nuevas tecnologías, decidimos iniciar la conversación por el messenger de skype. Una solución perfecta. Al cabo de un rato llamé a un compañero para que se sumara a la conversación, pero he aquí que mi compañero era ciego por lo que tenía que leer el texto de la conversación con mi inexistente voz. Aquí la paciencia que tuvo que tener y el oído bien agudizado.

Sali a tomar café con dos compañeros y al estar en un bar con ruido me quedé automáticamente fuera de la conversación. La opción que tenía era susurrar al que tenía más cerca para que hiciera llegar mi opinión a la otra compañera. Reconozco que no elegí el mejor interlocutor puesto que su fino humor hacía que de lo que lo que yo le decía se inventara o malinterpretara la mitad. 

Esto me trajo a la memoria mis experiencias como intérprete de lengua de signos. En algún momento en el que me han interpretado al oral y yo no escuchaba lo que yo estaba diciendo sino algo aproximado, qué sensación de impotencia ante la transmisión correcta de tus deseos, necesidades, opiniones.

Por ejemplo, para reclamar por el cambio (resulta que han subido el precio del café la semana pasada) yo dependía de otra persona para que exprese lo que quiero. Solo en caso de que esa persona esté dispuesta a hacerte el favor. Momentáneamente en este caso sin problemas, pero ¿y las personas sordas? ¿Cuántas veces reprimirán lo que tengan que decir porque no hay una forma de comunicación directa o porque los que comprenden el mensaje no están por la labor de transmitirlo?

De nuevo en la oficina la mañana ha seguido con varias situaciones interesantes. Desde llamadas de atención con sonidos para que me miraran (solo me faltaba la bocina, como Harpo el de los hermanos Marx), acercarme cada vez a quien tocara para transmitirle un mensaje ya que de lejos era imposible, pedirle a un compañero que atendiera una llamada por mí... Y la cercanía, no todos estaban cómodos en que yo me acercara tanto para hablar, al igual que yo no me sentía cómoda acercándome tanto para que me oyeran.

Al final de la mañana todo se traducía en mayor cansancio, dolor de garganta y cada vez más ahorro de esfuerzos y palabras.

Contestando a mis propias preguntas "¿sentís que sois menos profesionales por tener una discapacidad? ¿habéis olvidado cómo se hace vuestro trabajo?" Está claro que la capacidad sigue siendo la misma, pero el esfuerzo que requiere por mi parte es mayor y no todas las "medidas alternativas" de comunicación que utilicé eran válidas. 

Sé que hay un potencial que no he podido utilizar hoy y siento que los sobreesfuerzos eventuales de algunos compañeros, de seguir con esta afonía de manera indefinida, se convertirían algunas veces en evasivas y mi día a día se tornaría en una lucha constante por mis derechos de comunicación. Lo que he vivido durante tres años desde el otro lado cuando trabajaba con personas sordas.

Por la tarde ha sido otro mundo. Pensaba que el no poder hablar a mi hija me agobiaría pero ha sido muy fácil comunicarme con ella desde el silencio, las miradas, las expresiones, los abrazos. He disfrutado de momentos de conexión más intensos y bonitos que los que muchas veces consigues con palabras. Ha sido un parón en el tiempo, una fotografía mental de lo mucho que ha crecido y de qué feliz es. No hacen falta, ni siquiera hay palabras para eso.